(También puedes bajarte el texto completo aquí)Me llamo Nuria. Nací en Martorell por casualidad, en casa de mi tía Ascensión. Hace ya treinta y muchos. Mis padres son del Barrio Alto, creo que vivían por la calle del Pilar. Se casaron y a los dos meses mi padre cogió la maleta y la canasta de mimbre y se fue con su primo a Cataluña a buscarse las habichuelas. En casa de la yaya Carmen quedamos esperando una carta mi madre y yo (estaba embarazada desde antes).
Y la carta llegó: "Nena, coge el correo de Barcelona que aquí te estaré esperando. Te mando quinientas pesetas para los gastos. Ten mucho cuidado, que hay muy mala gente". Y es que papa era escaso de palabras, pero se hacía entender. No era especialmente detalloso, pero nunca le he visto un mal gesto a nadie .Lo del taxista fue distinto: me atropelló en el escalón del bloque, borracho como una cuba y sólo le cogió de la solapa y le arreó dos mitras. Siempre con la gorra, de pana en invierno, de tela más ligera en verano; siempre con la mirada triste, escondida bajo la visera. Los domingos por la mañana me llevaba al paseo. Mientras yo jugaba en el parque se sentaba en un banco. Solo, nunca le vi con más de tres personas, echaba su cigarrillo Condal ("es que son más largos", decía) y en cada chupada aspiraba melancolía de su tierra. -Algún día te llevaré a Loja. Iremos por San Roque, y verás lo que son las verbenas de verdad -. Y vinimos a Loja. Y no como él hubiera deseado. Pero eso es otra historia. 1978. Verano. 15 de agosto. ¡San Roque!. Yo, diecisiete años, bailando en el Llanete con mi prima Mari y su pandilla al son de la orquesta Nuevos Aires. No era la primera vez. Habíamos estado viniendo cada dos años, puntualmente. Sí, ya sé (lo supe mucho más tarde), la niña pija, hablando fisno, pantalón ceñido marcando cadera, y culo; intentando impresionar al personal. |