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Antonio era, y es, un chico guapo (sin pasarse). Bailaba con unos ridículos saltitos copiados del Ballet Zoom y no dejaba de mirarme a escondidas. Cuando se hizo un descanso le pregunté a mi prima que quién era.
-No me digas que no te acuerdas del Antoñillo. Prima, estás tonta. Si la otra vez te lo presenté en el Molino. ¿Te acuerdas ahora?. Pues me ha preguntado más de una vez por ti. Si quieres te lo presento... de nuevo. - ¡Ah!, ya me acuerdo. Pero era más feo. - Como te oiga la Puri te mata. Está que se derrite por él. Dice que algún día será su novio. No. Nunca fueron novios y yo terminé mirando las estrellas con él en la casilla del guardamontes. La música sonaba a lo lejos pero poco nos importaba en aquel momento entender la letra. Desde el primer momento presentí que algo iba a suceder. No tan intensa, pero ya tuve esa sensación en Santa Coloma, por la Mercé. Carles era un chico inquieto, de unos catorce años pero ya con cuerpo de hombre, que no paraba de mirarme mientras comentaba algo con los amigos de su panda. Yo, con mi Coca-Cola en la mano, esperando que prendieran los "focs" de fin de fiesta. La orquesta no paraba de tocar el mismo pasodoble y se apagaron las luces para ver mejor el espectáculo. -Noya, me gustas- dijo una voz a mis espaldas. ¡Qué susto! Me volví y le encontré tan cerca que nuestros cuerpos se rozaron ¿involuntariamente?. Yo estaba roja, de enfado y de otras cosas. Carles era el hijo de Mateo, el panadero. Nuestras pandillas habían coincidido alguna vez en el parque. Pero nunca habíamos hablado. Hasta ese momento. -¿Nuri? Ya no conoces a nadie, ¿verdad?-. Sus palabras encerraban miedo y decisión al mismo tiempo. Era un chico de pueblo (con todos mis respetos) abordando a la niña moderna, algo engreída al menos aquí. Allí en cuanto salía del barrio no era más que la noya charnega de las sandalias de plástico. |
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