TRAS LA LUNA LLENA(y V).......

No volví a verlo. Escribí una carta y rompí veinte más.

- Mari, tienes que hacerme un favor. Dale esto a Antonio. A solas, sin que os vea nadie-. Tenía los ojos llorosos y un pellizco en el estómago.

El viernes a las once estábamos en la placeta del Puente esperando el autocar. Mis padres dejaban las maletas y entraron con mis tíos y mi abuela a desayunar en el Bar de Juanillo. Mi prima y yo, asomadas a la baranda del puente, compartíamos las últimas confidencias.

- ¿Es que no te vas a despedir de los amigos?-. Allí estaba, en su Mobylette Campera, con el mono de mecánico, con una gorra de ciclista.¡El corazón brinca! Al menos el mío, en aquel instante. Y no sabía qué decir.

- Pues claro que sí. Además, le he dado a mi prima algo para ti...

- Pues dámelo - saltó interrumpiendo mi excusa.

- No, sólo cuando me haya ido. Ahora me da vergüenza.

- Que lo pases bien, y que te acuerdes de mi alguna vez.

- Descuida, y lo mismo te digo-. Acerqué la cara para el beso de despedida. Tuve que girarme bruscamente, porque su boca buscaba mis labios. Luego estampé un beso en su mejilla. -Adiós Antonio, hasta siempre.

Salí corriendo, olvidando a mi prima sobre el puente, haciendo un gran esfuerzo para no mirar hacia atrás.

Ya estaba el autocar cargando bultos. Las despedidas de rigor. Que si "que llaméis", "que al menos unas letras de vez en cuando", "ya no sé si duraré hasta que vuelvas"; que "que sí, en cuanto lleguemos", "no diga usted eso, madre, que está hecha una rosa"...

Promesas cumplidas a medias. Mi padre murió aquel invierno. La yaya cayó en cama y vegetó dos años más.

Yo acabé a trancas y barrancas el segundo grado de efepé. Trabajo en una panadería muy importante de Santa Coloma (soy la gerente administrativa, aunque empecé embalando galletas y barquillos para Bélgica).

¿Sobre mi vida?. Tengo días. Nunca fui unas castañuelas, es cierto, pero siempre he buscado el lado positivo de las cosas (encontrarlo era otra cosa). Estuve a punto de casarme, a los veintidós. Un chico muy agradable, muy atento, pero le faltaba algo... no sé. Bueno, sí, que no estaba enamorada. Y no estaba tan desesperada como para tomar decisiones apresuradas. No me arrepiento, casi nunca, de aquella separación.

Algunas noches, sobre todo los fines de semana, me pongo un poco tonta. Cojo el coche y salgo al campo. Miro al cielo y recuerdo sus palabras:"...es Betelgeuse. Te la regalo...".

¿Amor?. No. Sólo un espacio agradable resguardado en el corazón. Eso es lo que en resumen venía a decir aquella carta:

"... ha sido el mejor verano que he pasado. La vida nos condena a instantes hermosos, irrepetibles; para luego evocarlos en las largas ausencias... Lo que quiero decir es que pasará mucho tiempo antes de olvidarte..."

Alguna mañana, al mirarme en el espejo, entre el vaho del agua caliente, creo ver la mirada de mi padre. Triste y melancólica al tiempo que resignada y cobarde.


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